martes, 22 de julio de 2008

Lo que dije y la verdad

Julio 2000

Lo que dije:

Por esos días andaba muy metido en las marchas en contra de la reelección de Fujimori. Ya había asistido a unas seis, entre plantones en la avenida la Marina y cantadas de himno nacional frente al local del jurado nacional de elecciones.
Mi papá me preguntó si es que tenía planes por fiestas patrias y yo le comenté: “voy a ir a la marcha de los cuatro suyos”. El me miró, sonrió y me dijo que no iría. Yo lo mire desafiante, le mostré mi mascara anti-gas casera que había construido con una botella plástica, y le dije que no podría hacer nada para evitar que yo vaya, que en las clases de la universidad me había dado cuenta que en realidad no podíamos dejar que el país siga así como estaba, y que si queríamos un cambio, tendríamos que lograrlo nosotros mismos.
El me siguió mirando, sonrió sarcásticamente y dijo: “nos vamos a Tarma, así que alista tu maleta.”

La verdad:
No quería ir a la marcha de los cuatro suyos porque desde semanas antes, ya se rumoreaba que iba a ser lo que fue. Moría de miedo, es más, al escuchar a mi padre mencionar el viaje familiar a Tarma, sentí un gran alivio.
La otra gran verdad era que, eso de las clases de la universidad y todo el rollo que le conté a mi padre era mentira. En realidad ya eran como tres meses que no llegaba siquiera a pisar la universidad. Cada vez que bajaba del micro, lo primero que hacía era ir al billar y ahí me quedaba hasta la hora de regresar a casa.

28 de Julio 2000

Lo que dije:

Los fuegos artificiales eran increíbles. Parados con toda la familia y amigos en la plaza de armas de Tarma, me paré al costado de mi papá y le dije al oído: “Papá, ya no quiero estudiar en la universidad, en realidad nunca me gustó, siento que no sirvo para eso”.
El me miró y me abrazó. Me dijo que hace tiempo que se había dado cuenta que no estaba conforme, y que seguro era por eso que andaba haciendo tanto alboroto con mis marchas y demás. Dijo que no tenía que estudiar ahí si no quería. Pero que cuando regresemos vea que es lo que me gustaría hacer, que contaba con su apoyo.

La verdad:
La verdad era que no quería estudiar ahí; pero la verdad más grande, es que para ese momento en que le decía a mi padre que no quería seguir porque no me sentía a gusto ahí, ya me habían botado de la universidad. Ya había reprobado todos mis cursos y en la lista de notas pegada en la pared del pabellón, al lado de mi nombre decía: ELIMINADO.


Agosto 2000

Lo que dije:

Mi madre nunca estuvo de acuerdo en que estudie en un instituto, por lo que seguía tratando de lavarme el cerebro para que regrese a la universidad. Yo le había dicho: “Mamá, no te preocupes, ya he separado mi matricula y la estoy dejando para cuando decida regresar”
Ella se había tranquilizado un poco con esa noticia, aunque durante un tiempo no dejó de insistir para que regrese a la universidad. Nunca logró su cometido.

La verdad:
Le dije a mi madre que había separado mi matricula, pero la verdad es que el día que fui a la universidad, en realidad solo fui a despedirme de mis amigos del billar, la gente con la que jugábamos golpeado en los jardines y algún desadaptado que encontré por ahí.
Esa tarde terminó entre cervezas, cigarros y mesas de billar. Luego de falsear un documento que decía: MATRICULA SEPARADA, regresé a casa con la firme intención de olvidar el asunto de aquella universidad para siempre.

Marzo 2001

Lo que dije:

Llegué temprano a casa y mi mamá me esperaba en la sala. Me dijo que había ido a la universidad con el certificado de Separación de Matricula y ahí le dijeron que ese tramite no existía y que lo mas probable era que su hijo, en este caso yo, la haya engañado.
Ella me miró completamente decepcionada. Esta ves el “lo que dije”, se convirtió en un “lo que no dije”, pues me quede callado, tratando de inventar alguna absurda excusa en mi cabeza. Mientras ella gritaba yo me hacía cada vez mas chiquito. Sólo atinaba a decir de rato en rato un “perdón”.

La verdad:
La verdad es que me sentí un traidor. Nunca sentí que podía decepcionar tanto a alguien. La verdad es que hasta ahora lo siento mucho y nunca pedí perdón. Ese medio año me la pase encerrado, saliendo solo para estudiar y regresando a casa a seguir estudiando. Prometí no mentirte de nuevo y ser un mejor hijo. Lloré cuando se lo dije. Me abrazaste y me dijiste que me creías, que sabías que iba a mejorar. Yo también creí que lo haría.

Luego, dos años después, rompí mi promesa de ser buen hijo cuando también dejé el instituto.

domingo, 6 de julio de 2008

¿Te quieres casar conmigo?

Luis está en su casa con las luces apagadas. Se sienten aun algunos olores que salen de la cocina y no hay mas ruido que el de sus pasos y el choque de la botella y la copa para el vino que en momentos se sentará a disfrutar en la sala.
Sentado mira el televisor apagado, parpadea lentamente y sonrie mirando nada, mientras va sacando el corcho de la botella.


Una ves destapado, se sirve en la copa y trata de sentir los aromas del vino, primero lo prueba, después lo huele y al final trata de mirarlo haciendo contraluz con la chimenea que aun tiene algunas llamas ardientes.
Mientras toma un album de fotos que esta en el cajón de la mesa de centro de la sala, recuerda aquel curso de vinos al que nunca se metió. Sonrie nuevamente y, tras el segundo sorbo, comienza a ver las fotos.

Ahi pasan sus primeros años, la típica foto de él desnudo, los disfracez que uso en el nido, algunos amigos del barrio con los que perdió contacto por completo y alguna que otra tía que lo quizo como si fuera su propia madre. Lo amarillo de las antiguas fotos parecen quedarse impregnada en la palma de sus manos, aunque él sabe que ese color se debe a sus problemas con el hígado. Divertida juventud que le dicen.

Del cajón de la mesita de centro siguen saliendo mas y mas fotos. Ahi encuentra las del colegio y los amigos de su promoción. Observa atentamente una en la que se encuentran todos. Uno a uno va repasando las caras de sus compañeros y mencionando en voz alta el nombre de todos; mientras hace eso sonríe porque se da cuenta que no tiene problemas de memoria pues se acuerda de todos.

Entres sus silenciosas sonrisas, encuentra una foto especial.

En esa foto salen él y Gabrielá, con la tilde en la “a”, como solía decir una canción de los Turbopotamos, aquel grupo que tanto siguió en su juventud rockera y alocada.

Como un flash, recordó todo en un instante. Recordó el lugar, que era una playa a la que solían ir a conversar la vida entera hasta que el sol se oculte, recordó la fecha, que era aquel 30 de junio del ya lejano dos mil nueve, y por último recordó olores, sentimientos y esa fecha tan importante para él, pues era su cumpleaños.
Con la foto en la mano siguió sonriendo. Recordó como eran los tiempos en esas épocas, cuando con Gabrielá sentía que tenía el mundo a sus pies y podían hacer lo que querían.

Mientras seguía sonriendo en la oscuridad de su sala, en ese 30 de junio pero ya del dos mil cuarenta y ocho, y mientras cumplia sesenta y seis años, sonrió de nuevo aunque comenzó a sentirse solo.

Miró nuevamente la foto y la sonrisa ya no apareció.

Recordó que aquella vez en la que se tomaron esa foto, le dijo sin haber sido nunca enamorados ni nada, sólo amigos, que quería pasar lo que le quedaba de vida con ella, que no resistiría verla andar otra vez con tipos que él sabía que no la merecían. Recordó aquel silencio incomodo que siguió a sus palabras y que sólo acabo con el beso que Gabrielá le dio, mientras le daba el abrazo que mas recordaría en su vida.

Recordó también como un año después, Gabrielá lo dejó en esa misma playa, pues sentía que la relación no avanzaba debido a sus ideas, porque Luis nunca había tenido en la cabeza la palabra matrimonio.

Recordó lo tonto que fue al dejarla ir. Después de eso se fue de viaje a seguir sus estudios pero siempre la tuvo en sus pensamientos.

Sus ojos empezaban a llenarse de lagrimas porque empezaba a sentir como el pequeño pero punzante bichito llamado soledad lo penetraba, cuando la luz de la sala se encendió y Gabrielá apareció y se sentó a su lado.
La sonrisa que tenia al mirar las fotos apareció de nuevo. Luis le mostró la foto y ella lo besó en la mejilla diciendo: “¿Te acuerdas de ese día?, y pensar que ya han pasado cuarenta años. Feliz cumpleaños cholito.”
Luis la miró como sólo se puede mirar a alguien cuando se ama. Le dio un beso y le dijo: “¿Te quieres casar conmigo?”

Gabrielá se quedo mirandolo, y sin decir nada le dio a entender que si, pues era algo por lo que había esperado toda la vida. Lo beso de nuevo y Luis se sintió como en aquella playa cuando le dijo que quería pasar su vida junto a ella, sin importar nada, sin importar todo, pensando que solo a su lado podría ser feliz

viernes, 13 de junio de 2008

Si te volviera a conocer...


A Andrea la conocí saliendo del colegio, en esas academias pre-universitarias de verano tan informales que existen en esta ciudad.

Yo nunca había estudiado con mujeres, lo cual me hacía ser un poco más tímido que los demás chicos del salón. De suerte mi compañero de carpeta era José, un loco de mi promoción del colegio que hacía un poco menos difícil mi “socialización”. El resto de compañeros del salón eran mas extrovertidos que yo, solían conversar entre ellos, hacer bulla, reírse, mientras yo, por lo general me quedaba sentado en mi carpeta, mirándolos, esperando que José venga a llevarme con todos como solía hacer siempre.

Fue en una de esas tantas veces que José me llevó a donde estaban todos, que Andrea me tomo del brazo, cual marido y mujer ante el altar, y no me dejó regresar a mi carpeta. Parado a su costado, con una postura extremadamente rígida, la miraba de rato en rato. La miraba reír, gritar, soltarme unos segundos para perseguir a alguien y nuevamente venir y tomar mi brazo, para que yo pueda sentir el olor de su cabello y ponerme más rígido aun, secándome las manos en la ropa por el excesivo sudor que emanaban.

Esta situación comenzó a pasar mas a menudo a partir de ese día, pues todos salían al recreo y ya no era José el que me venía a buscar para ir al grupo de todos, sino que era Andrea la que me llevaba del brazo hasta afuera, mientras conversábamos y reíamos de cualquier cosa que hayamos visto el día anterior en la tele.

Cierto día, en esas eternas caminatas por la avenida Bolívar, le confesé a José que me gustaba Andrea, o al menos que me había empezado a gustar. Él, para variar, me dijo que ya se había dado cuenta, como el resto del grupo, como la misma Andrea, y fue en ese momento que me soltó la bomba.

En las siguientes cuadras me contó que yo también le gustaba a Andrea, es mas, que ella lo había dicho desde antes de conocerme, cuando me quedaba sentado en mi carpeta, haciendo algún dibujo en mis cuadernos o simplemente mirando el salón vacío. Mientras José me contaba eso, yo sentía una emoción muy grande, se me entrecortaba la respiración pero no era a causa de mi asma, como lo era comúnmente, sentía que el corazón latía rápido pero no estaba agitado.

Ese fin de semana invite a salir a Andrea. El sábado que me encontré con ella estaba muy nervioso. Llego y me dijo que en realidad no quería ir al cine, si no que prefería caminar por ahí, así que eso fue lo que hicimos.
Terminamos llegando a la puerta de su casa y, cuando menos lo esperaba, ella se me mandó. Aunque durante todo el camino las señales que había entre los dos eran más que obvias, no me esperaba lo que pasó en ese portal sin luz.

Caminar agarrados de la mano, unas cuantas rozadas de labios, un par de “te quiero” entre risas, un par de miradas que significaban mas de lo que parecían, un par de silencios que no incomodaron, pero que hacían sentir sienta “tensión”, y finalmente tú, diciéndome en la puerta de tu casa que querías estar conmigo, para terminar todo con un beso.

Durante las semanas siguientes fuimos el punto de las bromas del salón. Nosotros nunca hicimos caso de nada y seguimos siendo tan felices como desde el primer día que estuvimos. En la clase nunca atendimos, es mas, nos separaron para que no perdamos el tiempo, no creo que haga falta decir que ninguno entro a la universidad por ese motivo.

Sin embargo, cuando ya iba a acabar el ciclo, las dudas comenzaron a apoderarse de mí y comencé a pensar si es qué de verdad la quería o si es qué esa relación podía durar. En realidad me asusté.

Una semana antes de terminar ese ciclo, tirados en su cama, en uno de esos días en que le apagábamos el audífono para la sordera a su abuela para que no escuche nuestros ruidos, decidí terminar con ella. Lloró sin entender lo que pasaba y yo, simplemente trataba de consolarla sin realmente saber por qué si la quería tanto la hacia sentir mal; sin embargo lo seguí haciendo.

Terminó el ciclo y no nos volvimos ver en mucho tiempo, aunque siempre pensé en ti y en lo idiota que fui al terminar contigo. Casi un año después, cuando caminaba de salida de la universidad el día que me habían votado de la misma, nos cruzamos.

Le conté que me habían votado de la universidad y sin querer terminamos caminando hasta su casa. Llegamos a ese portal sin luz, donde más de un año antes ella me había pedido ser su enamorado y no pude contenerme las ganas de besarla. Para suerte mía, ella respondió el beso y me abrazó. Esa tarde subimos a su cuarto y apagamos nuevamente el audífono para la sordera que su abuela usaba, y entre sus sabanas, le confesé que no me había podido olvidar de ella en todo ese tiempo.

Decidimos retomar nuestra relación y ver hasta donde nos podía llevar. Abriste tu billetera y me enseñaste la foto carnet que te regalé cuando recién estuvimos, me contaste que tus amigas me conocían por esa foto y que seguro esta vez nos iba a ir mejor que antes, estabas segura de eso.

Dos semanas después, tú terminaste conmigo. Dijiste que recién habías ingresado a la universidad, que no querías quedarte amarrada a un recuerdo del pasado y que necesitabas vivir. Mientras lloraba, sonreí recordando como terminó lo nuestro un año antes, cuando yo te consolaba después de haberte hecho llorar, sin entender nada, como en ese momento.

Durante los cuatro años que han pasado desde eso, nos hemos encontrado algunas veces, nos hemos besado la misma cantidad, apagamos el audífono de la abuela la mitad de las mismas, nos dedicamos algunos “te quiero” entre las risas que siempre hay cuando estamos juntos.

Hace una semana nos encontramos, tomamos un café, reímos y caminamos a tu casa. Llegamos a ese portal sin luz, que tiene tanta oscuridad como historia entre nosotros y nos besamos. Nuevamente subimos a tu cuarto, pero esta vez no apagamos el audífono de la abuela, solo conversamos, sobre las sabanas esta vez, teniendo presente el miedo que dos veces ya me abrazó; pero también con el miedo de que me vuelva a ocurrir.


el cajon - Bye Sami

domingo, 1 de junio de 2008

En la puerta te espero

Casi no había dormido en toda la noche. Se acercaba el primer día del año escolar, el primer día en que Isaías, mi hijo, tendría que alistarse para empezar nuevamente un año lleno de complicaciones escolares, pero esta vez sin su madre.

Miluska nos había abandonado. Ya eran casi dos meses desde que se fue, desde que desapareció una mañana dejando una nota en la que pedía perdón por la decisión que había tomado, pero que en realidad era la única manera de poder continuar su vida, de buscar una forma de sentirse realizada como persona, cosa que según la nota, no consiguió siendo madre, esposa, ni parte de una familia.

Llore muchas veces su decisión, siempre escondido, siempre durante la siesta de Isaías, siempre cuando no me veía. No tenía el valor de explicarle que su madre no regresaría y que prácticamente para nosotros haya muerto sin morir, aunque a veces deseé que haya muerto en realidad para poder explicárselo de alguna manera.

Me acerqué a la puerta de su cuarto y aun dormía. Recién eran las seis de la mañana y por lo menos faltaba una hora para despertarlo. El colegio quedaba cerca y no me preocupaba el tiempo que me tomaría llevarlo, así que decidí alistarme yo primero y luego empezar a preparar su uniforme, lonchera y todo lo que necesite para que no le falte nada en el día.

Una vez que tuve todo listo recién lo fui a despertar. Empecé a despertarlo pero en realidad se me hacia muy difícil, no comprendía como Miluska podía levantarlo siempre y todos los días, interrumpir su placentero sueño, su cara de tranquilidad, su sonrisa dormida para mandarlo al colegio.

Cuando logré que abriera los ojos me sonrió, me dijo que por favor lo deje dormir cinco minutos mas y que luego de eso se levantaría sin quejas. Me lo prometió a la vez que se abrazaba a mi y ya no pude negarme, no me importaba llevarlo tarde a su primer día de clases, total, de que servia el primero de primaria, no valía de nada si tenia que quitarle un poco de tranquilidad a mi hijo.

Me quede a su lado mientras esperaba esos cinco minutos que en realidad no me importaba que sean diez, veinte o al final todo el día si es que Isaías estaba tranquilo, pero contrario a lo que pensé, apenas pasaron cuatro minutos se levanto de un salto y me dijo que me apurara, que tenia que ir al colegio y mientras hablaba lo vi salir por la puerta de su cuarto corriendo con rumbo al baño.

A veces al mirarlo, pensaba que prácticamente había olvidado a su madre. Es que en realidad era tan pequeño que no me atrevía a preguntarle que pensaba, que sentía, que quería hacer, a veces simplemente lo miraba. Lo miraba jugar en el parque y sonreírme, mostrarme alguna herida con sus ojos llenos de lágrimas o lo veía fallar mil goles porque estaba mas atento a que yo lo mire meter los goles que por mirarme fallaba.

Salí del cuarto para ver que hacia y lo encontré en mi cama, mirando su camisa del colegio y fijando la mirada en su nombre bordado que estaba en la parte inferior de la camisa. Me miró y me dijo que no quería usar esa camisa porque le hacia recordar a su mamá, y comenzó a caminar hacia el baño pero no perdía de vista la camisa que miraba de reojo y con un sentimiento que no pude descifrar.

Mientras estaba en el baño, cambie la camisa por otra que no tenía su nombre bordado y espere que salga para que se cambie. Al salir miro con cuidado la camisa, la examino dando vueltas a su alrededor hasta que comprobó que era otra. Luego empezó a cambiarse y me dijo que me apure que si no llegaría tarde.

Lo dejé ahí mientras fui a la cocina a hacer la finta que preparaba la lonchera que en realidad había preparado una hora antes. Cuando Isaías entró, vi que miraba la lonchera de la misma manera que minutos antes había mirado la camisa. Rápidamente dirigí la mirada a la lonchera y comprobé que también tenía su nombre escrito con esmalte rojo por su madre.

Me quede frió, era la segunda ves que tenia esa mirada en la mañana. Me miró y pregunto si estaba mal que no quisiera acordarse de su mami, porque en realidad él sabia que nos había abandonado y que nunca iba a regresar. Lo miré y no pude aguantarme las ganas de abrazarlo.

Yo sabia que se daba cuenta que su mama no estaba, y que no me creía cuando le decía que se había ido de viaje y que ya regresaría cada vez que me preguntaba por ella, pero escuchárselo decir fue más doloroso aun.
Nos sentamos en el comedor a conversar un rato. Hablamos sobre su mamá, sobre el hecho que la decisión que tomo no quería decir que no lo quería, y que si lo hizo sus razones tendrá, que no tenia porque tenerle rencor y que cualquier cosa que necesitaba me lo podía decir a mí, que para eso estaba y estaría para siempre.

Me miro nuevamente a los ojos, sonrió y me dijo: “Te quiero papá”. Su vocecita entro por mis oídos y fue directo al corazón.

Nos quedamos en silencio un rato hasta que mire el reloj y ya era tarde. Había pensado caminar al colegio pero preferí ir en el carro para que no llegue mas tarde. Salimos y llegamos en cinco minutos, bajamos del carro y lo llevé de la mano hasta la reja del colegio.

Cuando llegamos me pregunto si estaría ahí a la hora de salida y le dije que si, que ahí mismo lo iba a esperar, entonces siguió caminando y lo vi desaparecer junto con un mar de niños por una puerta mas chica.

Todos los niños entraron, los papas se fueron, las rejas y puertas del colegio se cerraron y me quedé ahí parado, mirando la puerta cerrada del colegio. Mi celular comenzó a sonar pero decidí no responder. La reunión que tenia esa mañana no me importaba nada, así pierda esos clientes, le había prometido a Isaías esperarlo y lo iba hacer, así tuviera que estar todo el día parado en esa reja, esperando verlo aparecer de nuevo entre ese mar de niños alborotados.

martes, 20 de mayo de 2008

Sin título


El timbre sonaba incesantemente. Afuera de mi casa, Julio y Manuel caminaban y saltaban entusiasmados, excitadísimos, al borde del delirio, cual niños hiperactivos después de haber comido kilos y kilos de chocolates. Miré por la ventana de mi cuarto y les hice una seña para indicarles que salía en unos minutos.

Ya listo, pase por el cuarto de mi madre para despedirme y pedirle algo de dinero. Ella me dijo que esta vez no podría darme la misma cantidad que siempre, por lo que me molesté y empezamos a discutir. A pesar de estar peleando, note que estaba cabizbaja y triste mientras intentaba gritar para que la entienda.

Al verla así y darme cuenta de la estúpida reacción que tuve, me sentí un poco tonto y me senté a su lado. Ella, entre lágrimas y disculpas, me contó que a mi padre lo habían despedido esa semana, que por tener casi sesenta años era difícil que lo contraten en cualquier otro sitio y que no era que no me quisiera dar dinero, sino que tenían que cuidar lo que había en estos momentos porque posiblemente después nos haría falta.

Nos abrazamos un rato y decidí no hacer problemas. Cuando le pregunté por mi papá no supo que responder, simplemente dijo que hace días que salía y estaba consiguiendo dinero aunque ella ignoraba el cómo. En ese momento no le preste mucha importancia a lo que dijo y al ver el reloj sólo atiné en apurarme para salir. Me despedí una vez más y bajé las escaleras mientras mis dos orates amigos prácticamente violaban el timbre.

Al salir, Julio y Manuel estaban hechos unos locos. Su alegría desbordante se adormeció unos instantes al ver mi cara no tan entusiasta como la de ellos en ese momento. Me preguntaron si estaba bien, pero como los conocía poco tiempo pues recién estudiábamos juntos un par de meses, decidí no contarles nada y responder con un simple “estoy bien” y olvidar el asunto de golpe.

Llevando la procesión por dentro, caminamos como quince cuadras riendo y recordando todas las palomilladas que hacíamos durante la semana en la pre y, sobretodo, a la salida de ella.

Reímos de las veces que el señor que vendía sanguches afuera de la academia renegaba porque tirábamos piedras en la parrilla de su carrito sanguchero, de las veces que los profesores cancelaban clases porque reventábamos bombitas apestosas en el tacho de la basura o de las veces que tomábamos taxis para darles direcciones falsas y hacer taxi-fuga.

Miramos el reloj de nuevo y ya era hora de tomar un taxi para ir a la fiesta que tanto habíamos esperado durante toda la semana. Ellos seguían exageradamente entusiasmados, mientras yo, de rato en rato, pensaba en lo que me había contado mi madre. Me quedé parado en una esquina mirando un poste de luz, cuando Manuel de un grito me hizo entrar en razón y comencé a correr hacia el taxi que acababan de tomar.

Ya trepados en el asiento trasero del taxi, ellos comenzaron a hacer escándalo y fastidiar al taxista como era costumbre cada vez que subíamos a uno. Yo, sumamente distraído, apenas subí al auto pegué mi cara contra la ventana y me quede mirando como pasaban y pasaban los postes de la calle, con sus intensas luces casi anaranjadas, interrumpiendo por momentos el bullicio al interior del taxi.

Manuel y Julio la hacían todo tipo de preguntas indecentes al taxista. Estaba seguro que el señor estaba molestísimo porque ya nos habían bajado varias veces de taxis por hacer lo mismo. Apoyado en la ventana y aun viendo los postes ir corriendo hacia atrás nuestro, sentí un olor familiar, conocido, ya lo había sentido antes, no sabía donde pero estaba seguro que lo había sentido.

Cerré los ojos para tratar de recordar donde posiblemente había sentido ese olor cuando, de un codazo, Julio me hizo salir del ostracismo en el que había estado hasta ese momento y empezó a preguntar por qué estaba así, si es que me sentía mal o qué es lo que tenia porque actuaba muy diferente a lo que siempre estaban acostumbrados a ver.

Decidí olvidar por un momento los problemas, aunque en realidad estaba muy perturbado con lo que ocurría en mi casa. Mire por primera ves dentro del taxi y vi a Manuel y Julio tirándole papelitos al taxista, fastidiándolo, y el señor, sin hacer nada, sin voltearse, sin reaccionar. El gorro que llevaba no dejaba que se le vea el rostro. Me tiré un poco hacia adelante y lo único que pude ver fue su ojo derecho por el espejo retrovisor. Un ojo triste, avergonzado, apenado de ver lo que veía, de saber que por tener que trabajar de taxista, de repente tenia que aguantar el abuso por parte de estos muchachos malcriados.

Vi que me miró a los ojos y me sentí muy mal. Me senté hacia atrás en el asiento y trate de detenerlos pero no lo hicieron, es mas, me terminaron convenciendo de hacer los mismo que ellos y lo hice. Todo esto sin dejar de sentir la mirada de ese ojo derecho en ese espejo retrovisor. Comencé a tirar papeles igual que ellos, empecé a hacer preguntas sumamente incomodas, pateamos el respaldar del asiento muchas veces y no había reacción.

La conciencia me peso, me sentía mal, sentía que todo esto ocurría en cámara lenta; sin embargo lo seguía haciendo. Llegamos al lugar que habíamos pactado con el taxista y al grito de “taxi fuga”, bajamos corriendo sin pensarlo un segundo.

Después de cinco o seis pasos, en un pestañeo recordé donde había sentido el olor que había dentro del taxi. Me quede paralizado y giré la cabeza hacia la esquina donde el taxi aun estaba detenido.

Incrédulo observé ese carro en el que tantas veces paseé con toda mi familia. Caminé hacia el. Me asomé por la ventana y sentado frente al timón vi a mi padre.

sábado, 10 de mayo de 2008

Nunca te mueras II

Llegar y encontrarla por segundo día recostada en el mueble me parecía completamente raro; sin embargo ahí la encontré esa tarde, sentada en el mueble, con los pies encima de una silla, con una manta cubriéndole la barriga que decía que le dolía.


En un cuarto de siglo de verla, son pocas las veces que la he visto rendida en un mueble, cama o silla, recostada sin hacer nada. Me quedé a su lado viendo la tele, era el programa de Lorena en el siete, del que religiosamente esperaba la secuencia de cocina para grabarla.


Mis tías conversaban y de rato en rato yo participaba en la conversación. No entendía muy bien donde estaba lo difícil de tomar la decisión de llevarla a la clínica en ese momento. Cuando quería decirles eso, escuchaba a mi abuela quejarse de nuevo y me acercaba a ella, trataba de levantarse alegando que no le dolía nada, que no quería ir al doctor, pero ni juntando todas sus fuerzas lograba sentarse bien.


A pesar de sus molestias, reniegos y mas de una decena de lisuras, lograron cambiarla y de pronto estábamos sentados en el asiento trasero del auto, ella quejándose, yo tomándole la mano, mi tía tratando de llegar lo mas rápido posible y nuevamente las quejas de un dolor que según mi abuela no existía, y por el que no nos debíamos preocupar.


Todo el camino mi abuela renegó, no quería ir al doctor, decía que no le dolía, aunque su cara y sus gestos demostraban todo lo contrario. Con mucho cuidado la llevamos a la sala de emergencia de la clínica.


Yo me quede con ella, en esa especie de cuarto con paredes de tela, sosteniéndole la mano, escuchándola quejarse y respondiéndole que no le iba a pasar nada cada ves que me preguntaba que le iba a pasar. Al costado mis tías hablaban con el doctor, que les decía que lo más probable era que tenga una apendicitis, y de ser así, necesitaba una operación urgente.


Luego de decirles eso, comenzaron las explicaciones de los riesgos sobre su edad avanzada, las complicaciones que podría tener por esa razón, que había la probabilidad de que no resista la operación y quede ahí nomás.


Por una rendija de las paredes de tela observaba las caras de mis tías y estaban petrificadas, mi abuela me preguntaba si le iban a hacer algo y yo, aguantándome las ganas de llorar, le decía que no se preocupara, que en un rato ya nos iríamos a la casa. Mi abuela nuevamente se quejaba y seguía ahí tendida en la camilla, en ese cuarto de paredes de tela celesta, con el cuadro de la enfermera pidiendo silencio en la pared.


En ese momento llegó mi mamá y mi tío, su hermano. Ella conversó con mis tías y automáticamente entro llorando al cuarto con paredes de tela celeste en el que me encontraba con mi abuela. La boté de ahí. Mi abuela me preguntaba por qué lloraba mi mamá y le dije que no estaba llorando, que justo la llamaron por el celular y que salió rápido nomás.


Nuevamente me aguanté las ganas de llorar; mientras escuchaba que afuera mis tías se negaban a operar a mi abuela y desesperadamente buscaban una segunda opinión. Mire de nuevo por la rendija de las paredes celestes de tela del cuarto donde mi abuela me daba la mano, y vi a mi tío sentado, pensativo, escuchando lo que decía el doctor, escuchando que esa operación era muy riesgosa en una persona de la edad de mi abuela.
En ese momento mi abuela me jalo la mano y me dijo:”Oye, no dejes que me hagan nada, me dan miedo las operaciones”. La besé en la frente y le dije que no se preocupara, que ya dentro de un rato nos iríamos a la casa. Luego giré mi cabeza hacia el cuadro con la enfermera que pedía silencio y me sequé las lágrimas aguantándome de nuevo las ganas de llorar.


Llegó el segundo doctor, uno que ya había operado a mi tía, entro al cuarto, reviso a mi abuela y en unos segundos diagnosticó lo que ya había dicho el doctor anterior, y recomendó la misma operación, con la misma urgencia y con la misma advertencia del riesgo que corría la abuela por su avanzada edad.


Mi madre lloraba, mis tías no se decidían, mi tío no atinaba a hacer nada. Mi abuela me pedía entre quejas que la llevé a casa y, con engaños, la metimos al carro para llevarla a la clínica donde sería la operación.


Al llegar mi abuela me dijo:” ¿Me van a operar, no?”, y yo le respondí que si, que era por su bien. Ella me comento de nuevo que tenía miedo y mientras la sentaba en la silla de ruedas que la llevaría a la sala de operaciones, sentí como me agarró fuerte la mano. Me aguanté de nuevo las ganas de llorar.


Las dos horas siguientes fueron interminables. Caminé mil veces la sala de espera. En un sillón mi madre lloraba, mis tías no reaccionaban y mi tío seguía inmóvil. Me senté al lado de mi mamá y la abracé, ella lloró mas fuerte aun, yo me contuve las ganas de llorar y la seguí abrazando, como si con ese abrazo pudiera aliviarle en algún grado el dolor.


El doctor salió y dijo que no había nada de que preocuparnos, que la operación había salido bien y que en ese momento mi abuela dormía, que lo mejor era que regresemos al día siguiente.


En el carro camino a casa nadie habló.


Esa noche llegué a mi casa, entré a mi cuarto, apagué la luz y no me pude aguantar mas las ganas. Me tiré en mi cama a llorar. Me acordé de todas las veces que, en juegos, he hablado de la muerte y decía estar preparado para ella, y me di cuenta que posiblemente si estaba preparado para mí muerte; pero, quizás, no estaba preparado para la de mi abuela.
Feliz día de las mamaces a los que lean esto, saluden a sus mamaces, yo lo hare con todas las mamás que he tenido desde que nací, la mía, mis dos abuelas, mi bisabuela, mi madrina, tías, amigas que me cuidan como su hijo, vecinas que me cargaron de niño, etc.

jueves, 1 de mayo de 2008

Friday, i'm in love.

Nos reencontramos un viernes después de varios meses. Nos sentamos en una esquina con mucho ruido ambiental, sin mucho tino para hablar, con pocas cosas que decir; más que nada, frases sueltas y preguntas tontas que reflejaban lo difícil del momento.

Me mirabas a escondidas, como yo a ti. Ninguno intentaba empezar la conversación, creo que los dos nos asustaba lo que podíamos decir. El silencio incómodo nos había atrapado, nos abrazaba, estaba completamente alrededor nuestro a pesar del ruido de la calle. El no decirnos nada era más fuerte.

Cuando decidí romper el silencio, un auto que pasaba frente a nosotros se me adelantó. Por sus ventanas se escuchaba a todo volumen una canción de The Cure, “Friday i’m in love” precisamente. Fue entonces cuando me miraste y dijiste:” ¿Te acuerdas?”

En ese momento mi mente se fue a unos meses antes, a esas noches de sargento y de abundante cerveza, de bailar como un robot ebrio entre tanta gente a la que no le importa quien eres; y ahí te encontré.

Recuerdo que bailamos, bebimos, bailamos de nuevo y bebimos más aun. Tus amigas se quedaron por ahí, en algún rincón oscuro y bullicioso, esperando que regreses de hablar conmigo, cosa que no hiciste nunca esa noche. Mis amigos me putearon varias horas esperando que regrese de comprar las cervezas que tenia que llevarles cuando me encontré contigo y nunca mas los fui a buscar.

Entramos al sargento un jueves y salimos de ahí un viernes, horas después de entrar, minutos después de escondernos de nuestros amigos que nos buscaban adentro, segundos antes de robarte un primer beso en la puerta e irnos corriendo.

Caminamos mucho esa noche, con la luna de testigo, amaneciendo con ese viernes, gastando sin sentido las suelas de nuestras zapatillas por ese malecón. Tu celular no paraba de sonar y vibrar, y cada vez que lo hacia, sonaba esa canción de The Cure, ese “Friday i’m in love” y te besaba.

Cerca de las cinco de la mañana, cuando tu celular estaba exhausto por cantar la misma canción, te pregunte: “¿no vas a contestar?”. Tú sacaste el celular de tu bolsillo, lo miraste, me miraste a los ojos y dijiste:”No. Is Friday, i’m in love”. En ese momento lanzaste tu celular por el malecón y me besaste.

Yo simplemente te amé.

Los siguientes viernes durante unos cuantos meses fueron igual de divertidos.

Sonreí y ese recuerdo había acabado. Estábamos nuevamente en esa esquina y el auto en el que sonaba esa canción a todo volumen ya se había ido. Te miré y aun sonreías.

Conversamos un rato y me contaste lo mal que te iba en tu relación actual, recordabas como nos divertimos cuando andábamos juntos y nuevamente hablabas de tu presente con no tan buen semblante como cuando hablabas de nosotros. Te abracé y, aunque al principio no quisiste, al final te dejaste y es más, lo hiciste tú también.

Fue en ese abrazo en que te alejaste de mi y dijiste:”Me tengo que ir”, y fue en esa despedida en que sentí la mitad de tus labios en la mitad de mis labios, como la mitad de la luna que nos alumbraba la noche en que tiraste tu celular por ese malecón.

Con una sonrisa de esperanza, me senté en esa esquina viendo como cruzabas la pista y te subías al micro.

Con la misma sonrisa de esperanza, que en ese momento se convirtió en sonrisa de resignación, revisé el mensaje que me acababas de mandar desde el micro y que decía
:”lo siento, no puedo hacerle esto a XXX. Perdón, no me hables más”

Borré el mensaje, borré tu número de mi celular y me di cuenta que ese viernes no era un “Friday, i’m in love"; sino que era un maldito viernes mas de alguna película sin final feliz y simplemente te odié.





Canción por Benchi. En su masticado y atrofiadamente fluido inglés.