Si es cuestión de recordar, recuerdo que ese sábado me levante minutos antes de las ocho de la mañana. Prácticamente corrí a la cocina, saqué mi plato del armario, me serví un poco de cereal y seguí mi camino hacia la sala para prender la tele.
Mire el reloj en la pared varias veces y, aunque recién había aprendido a leer las manecillas del reloj, note que ya habían pasado las ocho hace varios minutos.
Tomé el control remoto en mis manos y cambié de canal paseando varias veces por todos los canales nacionales que conocía; pero nunca pude encontrar mi programa preferido. Angustiado, me dirigí al cuarto de mis papás que en ese momento aun dormían. Parado al lado de mi papá le pregunte varias veces por qué no estaba dando Nubeluz, a lo que el sólo me respondía con algún quejido. Fue en ese momento que tomé la decisión de comenzar a saltar entre ellos dos para que me den alguna respuesta válida del por qué no daba mi programa. Había dado dos o tres saltos, cuando mi padre se despertó gritando y molesto porque lo había despertado. Con sus ojos llenos de lagañas, me dijo: “no va a dar, porque una de las que conduce el programa se ha muerto”.
Apenas escuché lo que dijo, dejé de saltar. Vagamente, comencé a recordar que en la semana había escuchado una noticia sobre eso, pero que en realidad, a esa edad, no le había prestado mucha importancia a la novedad. Mientras mi padre nuevamente se quedaba dormido, yo caminaba a la sala y pensaba que podría haber pasado para que ese sábado no este dando Nubeluz como siempre.
Llegando a la sala, me tropecé con el plato lleno de cereales que había dejado en el piso. Seguía mirando ese canal por donde todos los sábados veía mi programa y no aguante más. Corrí hacia el teléfono, marqué el 35 95 10 y me contestó mi abuela.
Le conté lo que me había dicho mi papá y ella, con mucha pena, me confirmó la noticia. Me dijo que la dalina tan linda que siempre veía los sábados, había fallecido. Me quede en silencio absoluto. Mi abuela seguía hablando por el auricular mientras yo, a lo lejos, miraba el televisor en ese bendito canal que todos los sábados pasaba mi programa y rogaba que, aunque sea por unos instantes, pase una parte en vivo de mi programa y ver a mis dalinas bailando, ver a glufo bailando, ver a los malditos golmodis bailando, pero no pasaba. Mis ojos se comenzaron a llenar de lágrimas hasta que mi abuela dijo: “Pero hijito, hoy día es el entierro, si quieres podemos ir, yo se donde será”.
Apenas escuché eso, le dije que estaría listo en diez minutos para ir, que me espere lista ella también para salir lo más rápido posible. Le colgué el teléfono y corrí a cambiarme. Mientras me cambiaba, escuchaba las canciones de mi disco de nubeluz y recordaba todas las veces que había querido ser astronauta y a las estrellas llegar, o todas las veces que había querido ser inventor para inventar mas amor, solo para inventar mas amor que el que sentía por ese programa.
No soportaba pensar que nunca más escucharía esas canciones en vivo y con los ojos llenos de lágrimas, por eso apagué el disco y puse cualquier radio al azar. Comenzó a sonar una canción que estaba de moda por esos tiempos y que, para casualidad del caso, yo me sabía casi de memoria.
Mientras me terminaba de cambiar, cantaba casi llorando: “mírame mírame, dime que tu, casi, casi me quieres, igual que te quiero, y lo nuestro es amor por amor y por eso tu, ámame, ámame, mírame mírame”, y así, mientras seguía sonando la canción, pasaba corriendo por el cuarto de mis papás y, aprovechando que estaban dormidos, les decía que estaba saliendo con la abuela.
Cuando llegamos al cementerio había demasiada gente. Estuvimos dando vueltas por el lugar hasta que se fueron todos. Casi dos horas después, mi abuela me compró una flor y yo la fui a dejar a la lápida. Me sentí muy triste, recordé todas las canciones, todos los bailes, todos los juegos.
Recuerdo que mientras lloraba, mi abuela me tenía abrazado y trataba de decir algo que me consuele, pero no podía. Me imagino que en ese momento le sería prácticamente imposible. Caminamos un rato por ahí y le pedí, tontamente, que se muera rápido para poder enterrarla cerca de la dalina y poder visitarla siempre a las dos. En ese instante me dio una cachetada.
Después de eso regresamos a la casa. Yo a la mía y ella a la suya. Pasaron años de años y nunca hubo un sábado igual a los de Nubeluz. Nunca más sentí la necesidad casi irrazonable de levantarme la mañana de algún sábado a ver televisión, a escuchar alguna canción o a reírme de los niños que se caían en los juegos del programa. A partir de esa fecha descubrí lo que era dormir hasta tarde un sábado y, si bien años después tuve un pequeño romance con los partidos de la liga italiana los sábados por la mañana, nunca nada volvió a ser como mi Nubeluz.
Hoy es sábado y son las nueve y media de la mañana. No me he despertado temprano, sino que hasta ahora no duermo. Mis amigos, completamente ebrios, duermen regados en la sala, comedor o tirados por el piso de la cocina.

Yo, tambaleándome, camino hacia la cocina, agarro mi plato de Nubeluz, y después de casi doce años de la última ves que me desperté temprano para ver el programa, tomo desayuno entre tantos borrachos durmientes, cantando y lagrimeando: “yo quiero ser un artista, para pintar ilusión, para pintar ilusión”
La canción que esta aca no es de Nubeluz, pero me acuerdo que cuando pasó todo lo que pasó, la pasaban mucho en la radio y, cada ves que la escucho, me hace acordar a todo esto.
P.D. Mi plato de nubeluz ha desaparecido, no me pude tomar una foto con el para ponerla aca.



